Dos caminhos para construir lo común

Hay una cuestión que considero fundamental para pensar el desarrollo de una sociedad:
¿Cómo transformar a individuos, empresas e instituciones diferentes en una fuerza colectiva?
Históricamente, podemos observar caminos bastante distintos.
Por un lado está la tradición asociativa desarrollada en los Estados Unidos, tan bien observada por Tocqueville: personas diferentes que se organizan voluntariamente para alcanzar objetivos comunes. La fuerza nace de la libertad de asociación, de la confianza, de la iniciativa y de la construcción colectiva.
De otro, tenemos el modelo chino contemporáneo, en el que la coordinación social y económica ocurre dentro de un sistema político fuertemente centralizado, con papel dominante del Partido Comunista en la conducción del Estado y de la sociedad.
Son formas diferentes de producir coordinación.
Una apuesta por la cooperación que nace de abajo hacia arriba.
La otra utiliza una fuerte capacidad de coordinación de arriba hacia abajo.
Pero hay un tercer camino que no debería ser una opción: la fragmentación.
Porque la fragmentación convierte las diferencias en aislamiento.
La cooperación transforma las diferencias en complementariedad.
No tenemos que pensar de la misma manera.
No tenemos que estar de acuerdo en todo.
No debemos renunciar a nuestras convicciones.
Necesitamos encontrar lo que queremos construir juntos.
Es precisamente ahí donde entra el asociativismo: crear ambientes donde empresas, personas e instituciones puedan preservar sus diferencias y, al mismo tiempo, cooperar voluntariamente en torno a objetivos comunes.
La elección no debe ser entre pensar igual o pensar diferente.
La elección es entre permanecer fragmentados o aprender a cooperar.
Y tal vez esa es una de las grandes tareas de nuestro tiempo:
> Preservar la libertad de no estar de acuerdo, pero recuperar la capacidad de construir juntos.
























