La fuga y la oportunidad para que la derecha se aleje del bolsonarismo, por Gleidson Carlos
Después de una derrota electoral, Flávio Bolsonaro abandona el Brasil, enfrenta críticas de aliados y deja a la derecha frente al desafío de reorganizarse

La carta de Flávio Bolsonaro, con insinuaciones golpistas y cuestionamientos al resultado de las elecciones, no encontró respaldo ni siquiera entre sus principales aliados. El PL, partido dirigido por Valdemar Costa Neto, y líderes como el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, no se embarcaron en la aventura. La derecha que permaneció en Brasil reconoció la victoria de Lula y parece comprender que el momento exige reorganización política, no una ruptura institucional.
Hay dos maneras de afrontar lo que se considera una injusticia: permanecer y luchar o huir de las consecuencias. El heredero político de Jair Bolsonaro eligió la segunda. Siguió un camino ya recorrido por personajes del bolsonarismo, como Carla Zambelli, Alexandre Ramagem, Oswaldo Eustaquio y Eduardo Bolsonaro, aunque en circunstancias jurídicas distintas. El propio Jair Bolsonaro intentó encontrar una salida, pero no tuvo éxito.
Ni siquiera Donald Trump parece dispuesto a comprar una nueva pelea por el bolsonarismo. El presidente estadounidense ha señalado que no tiene intención de involucrarse directamente. La hipótesis de una articulación involucrando al presidente argentino Javier Milei puede incluso alimentar especulaciones sobre los bastidores de la salida de Flavio, pero no altera el hecho político central: el senador dejó a sus aliados ante una crisis que él mismo ayudó a producir.
La carta sorprendió incluso a los aliados de primera hora. La salida del país, aparentemente planificada, contrasta con el discurso de quien prometía enfrentar el sistema y defender a sus electores. Flávio quiso presentarse como una versión más moderada y preparada de su padre, pero, ante la derrota, repitió el comportamiento político que decía pretender superar.
El discurso de persecución política, repetido al agotamiento por el bolsonarismo, ya no basta para justificar cualquier actitud. El liderazgo exige responsabilidad, sobre todo en la derrota. Flávio prefirió dejar atrás los partidos, los parlamentarios y millones de electores que confiaron en su candidatura.
La derecha brasileña se enfrenta a un dilema. Tarcísio de Freitas se presenta como uno de los nombres capaces de asumir el protagonismo de la oposición, pero cualquier movimiento de emancipación del bolsonarismo podrá ser interpretado como traición por la parte más radical de ese electorado.
La derecha democrática necesita comprender que su supervivencia no puede depender eternamente de la familia Bolsonaro. Hay espacio para una oposición conservadora, institucional y competitiva. El desafío será también administrar la presencia de parlamentarios elegidos bajo la bandera del radicalismo, algunos todavía comprometidos con la retórica de confrontación y deslegitimación de las instituciones.
Flávio Bolsonaro deja de ser el centro de un proyecto electoral para convertirse en un problema jurídico y policial, en la medida en que avance el escrutinio de las acusaciones que se le atribuyen, incluyendo eventuales sospechas de lavado de dinero. Las acusaciones, evidentemente, requieren pruebas y el debido proceso legal.
La derecha tendrá que decidir si seguirá siendo rehén de una familia o si construirá una alternativa política para el país. En cuanto a Flávio, su futuro ya no depende solo de las urnas o de las articulaciones partidarias. Depende, sobre todo, de las respuestas que tendrá que presentar a la Justicia.
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